En inviernos despejados, un campanario erguido recuerda un pueblo anegado para domar ríos. Aunque el lago sea artificial, la montaña lo rodea con solemnidad antigua. Quien pasa guarda silencio, quizá promete cuidar su propio valle. El hielo grieta suave, como recordatorio de pactos frágiles entre progreso y hogar.
Los ibones, helados hasta tarde, reciben cuentos de pastores sobre damas del agua, brujas bondadosas y pactos con tormentas. Tras refugios de piedra, niños aprenden a leer nubes. Si la marmota avisa, se repliega. Si el reflejo oscurece, conviene guardar respeto y dejar solo huellas ligeras.
En varios valles se dice que un lago premia la hospitalidad y castiga el abuso. Cuentan de posaderos generosos salvados por barcas invisibles y de avaros sorprendidos por granizadas repentinas. Moralejas sencillas recuerdan que toda montaña observa, anota despacio y necesita manos limpias, voces moderadas y cuidado.